El Almacén y la Yapa

Saladillo, Noticias de nuestra ciudad

Año:
4
Edición N°:
1183
lunes
21.may 2012
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El Almacén y la Yapa

Se celebra, el 16 de setiembre, el día del almacenero en todo el país. En estos tiempos que corren, donde muchos almacenes fueron devorados por los supermercados y otros se reciclaron en autoservicios perdiendo su espíritu de almacén, es bueno reflexionar sobre este noble comercio que acompañó, y en cierta medida aún sigue acompañando a la familia argentina.

El almacén fue algo más que un comercio donde comprar los comestibles y demás enseres necesarios para la vida doméstica. El almacén fue el lugar de encuentro del barrio, el sitio donde íbamos a intercambiar ideas, afectos, problemas y soluciones a la vida diaria. El almacén marcó la identidad de los barrios. ¿Quién no se sintió identificado con el almacén de su esquina, de su cuadra, de su barrio? El almacén se caracterizó por ser un lugar a donde se disfrutaba ir, en donde se respiraba un olor especial, un olor a especias, aromas de embutidos, una serie de olores que confluían en un único y agradable olor que solo se podía apreciar en un viejo almacén.
El almacén y la "libreta" donde nos anotaban lo que llevábamos y pagaríamos a fin de mes, esa libreta basada en la confianza mutua, sin firmas, sin garantías, sin documentos de por medio.
El almacén donde recibíamos "la yapa", ¿se acuerdan de "la yapa", palabra quechua, que significa "añadir"? Esta vida moderna y automatizada nos quitó cosas tan saludables como la yapa. La yapa era un vínculo de agradecimiento por la fidelidad del cliente para con el comercio (no solo en el almacén se daba la yapa, también se cumplía con esta sana costumbre en el mercado, la carnicería y hasta en la librería, que entregaba unos caramelos en agradecimiento de la compra). El almacenero, en retribución a la fidelidad del cliente, entregaba en cada compra la yapa, esta consistía en unos gramos de mas cuando despachaba productos sueltos que se vendían al peso; en unas galletitas o unos caramelos, en una verdurita, etc. Hoy la balanzas son electrónicas y se cobra hasta el último gramo ya que la misma balanza calcula el precio justo, antes las balanzas eran de aguja y, si bien pesaban exacto, el almacenero –de yapa- ponía algunos gramos de mas y nos decía: "esto va de yapa". Recuerdo, y nunca lo voy a olvidar, cuando iba a comprar galletitas sueltas al almacén de mi barrio -la Despensa "La Constancia" de Scoltore hermanos- que estaba en la esquina de mi casa y era atendida por Juan y José Scoltore. Les pedía cuarto kilo de galletitas sueltas y Don José abría la lata (con vidrio redondo por donde se podían ver las galletitas bien ordenaditas), colocaba un paquete de papel madera sobre la balanza y con una pinza agarraba las galletitas y las iba colocando en el paquete, cuando llegaba al peso indicado Don José agregaba algunas galletitas mas y me decía: "estas van de yapa". Volvía a mi casa contento, llevando las galletitas frescas y sabrosas sacadas de las latas de chapa con vidrio redondo, y despachadas en un envase de papel (biodegradable) y, por supuesto, con yapa.
¿Quedará alguna despensa, algún almacén de barrio donde aún se practique esa sana costumbre de "la yapa"?, ¿sabrán los menores de 30 años que era "la yapa"? ¿Se animará algún almacenero actual a revivir la yapa?. ¿Por qué no? Seguramente más de un comerciante estará de acuerdo en volver a esas cosas buenas que vaya a saber por qué "las mató el tiempo y la ausencia" como bien lo afirma Don Juan Manuel Serrat.
En el Día del Almacenero vaya mi recuerdo y homenaje a la Despensa "la Constancia" de los hermanos José, Juan y Florencio Scoltore; al Almacén de Api y a la Despensa "La Blanquita"; comercios adonde disfrutaba ir, comercios de los que aún recuerdo claramente sus olores, sus ricos aromas. Y vaya también mi homenaje a esos almacenes actuales, que si bien tiene formato de "autoservicio" conservan algo de la esencia de los viejos y queridos almacenes.
Alejandro Mariotto (16/09/2011)

Aquellas pequeñas cosas
Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.
Son aquellas pequeñas cosas
que nos dejó un tiempo de rosas,
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta,
te tienen tan
a su merced
como hojas muertas
que el viento arrastra allá o aquí...
Que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve...
Joan Manuel Serrat

Agradecemos el envío a Alejandro Mariotto
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