Siempre andaba caminando por el centro de la ciudad recorriendo los comercios y mangando algo para comer; los que lo conocÃan a veces le guardaban algo que les habÃa sobrado pensando que invariablemente en algún momento del dÃa pasarÃa pidiendo, mendigando.
Era una especie de pordiosero que habÃa tomado esa forma de vivir desde que falleciera su madre a la que habÃa cuidado hasta el final de su vida, arreglándoselas con la pensión que ella cobraba, desde que muriera su viejo; muerta la madre, se esfumó la pensión que lo sostenÃa.
No era muy lúcido, no era presentable y su aspecto general era bastante deplorable; por estas razones le era casi imposible conseguir empleo, salvo alguna changa de vez en cuando, muy a las perdidas.
Mangaba una moneda o algo de comer, en los negocios, en las casas, a la gente por la calle, nunca se metÃa en oficinas públicas ni en los bancos; si le daban algo para comer, sea lo que sea se lo comÃa; si le daban alguna moneda las iba juntando para comprarse algo el dÃa que no conseguÃa de comer; cuando no conseguÃa ni una cosa ni la otra se acercaba al comedor para indigentes, que las hermanitas del convento tenÃan montado para paliar el hambre de estos parias de la humanidad, que lamentablemente o afortunadamente... también son seres humanos.
Ese dÃa habÃa salido temprano, era casi el mediodÃa y aún no le habÃan dado nada, ni siquiera una moneda de cinco centavos.
Sin preocuparse demasiado salió de la arteria comercial principal tomando por una lateral, también con muchos negocios; caminó unos treinta metros e ingresó en un pequeño barcito con mesas en el interior y en la vereda, se acercó al mostrador y lanzó su pequeño cantito manguero al encargado que allà se encontraba:
-- Diga... disculpe... tiene algo que le sobre por ahÃ...
-- Mirá, allà en aquella mesa del fondo quedaron dos medias lunas... comételas con este café... - le dijo el responsable de la cafeterÃa, mientras le servÃa uno, en un vaso doble de plástico.
-- Gracias... muchas gracias... - exclamó; respetuosamente se sentó en la mesa indicada y cuidadosamente comenzó a desayunar, a la hora prácticamente del almuerzo.
A metros de allÃ, en una repartición pública, el más alto funcionario de la misma platicaba alegremente con dos de sus colaboradores, que por el aspecto que tenÃan se notaba desde lejos que eran acomodados que estaban a disposición para lo que fuera en los requerimientos de su superior.
Más allá en otras dependencias, otros empleados, cumplÃan tareas rutinarias como ser: atención al público, asesoramiento, programación, información, docencia, todos tomándose sus prolongados y debidos tiempos, y sin evidenciar la más mÃnima preocupación e interés por lo que estaban desarrollando.
Este funcionario tenÃa una interesante remuneración en ese lugar, más algunos pellizcones a la partida anual asignada a su área de responsabilidad; además habÃa colocado a parientes y amigos en el sector a su cargo, que eran poco menos que ñoquis, y para colmo muy lejos de tener la idoneidad que se requerÃa en los puestos cubiertos; hasta su consorte detentaba cargos profesionales sin poseer tÃtulo habilitante, y lo peor o lo mejor de todo, según de que vereda se mire, todos se adosaban sobretiempos inexistentes que abultaban cómodamente sus haberes mensuales.
Dicho ejecutivo hacÃa la vista gorda en ese entorno totalmente a su favor, porque como ejercÃa al mismo tiempo otro cargo en otro lugar, sus adláteres lo cubrÃan de todo riesgo durante sus prolongadas ausencias, que le reportaban una doble entrada económica; ahora bien, aquellos empleados con cargo o no, que no caÃan en ese infame y cerrado grupo, sin remedio sufrÃan las consecuencias.
Terminó el café, las medialunas, agradeció nuevamente y con sus medidos pasos salió a la vereda; caminó por ella mientras pensaba:
"Qué buenas son algunas personas... este hombre me dejó comer las medialunas, me dio café, me permitió sentarme en su mesa... ¿por qué no todos son iguales... si a todos los hizo Dios?... ¿por qué unos son tan buenos... y otros no son as�... ¡qué cosa, no!... ¿por qué tendrá que ser de esta manera la vida?..."
Estaba tan ensimismado en sus simples pensamientos que no advirtió que la lÃnea de la vereda habÃa comenzado a torcer su ruta hacia adentro y cuando se dio cuenta se encontró en la entrada de un edificio; pensó que era un lugar público y se aterró; pero no tenÃa aspecto de repartición oficial, entonces se calmó y siguió adelante.
Al final de un corto pasillo vio un mostrador y detrás de él una señora que leÃa tranquilamente el matutino; volvió a asaltarlo la idea de que podÃa ser una repartición oficial, pero a lo mejor era la recepción de una clÃnica o algo asÃ, y como ya estaba casi frente a la dama, humildemente le preguntó:
-- Oiga, doña... no tendrÃan algo para darme... algo para comer...
Ella lo miró de arriba a abajo sin soltar el diario y le dijo:
-- No, querido... aquà no damos de comer... - y continuó con su lectura.
-- Perdón... aunque sea una moneda... para comprarme algo... - dijo él insistente.
-- No, viejo... aquà la plata la maneja el Director... pedile a él, por ahà te tira algo... está en la oficina de adelante... - y se metió el diario hasta la nariz como no aceptando responder a ninguna pregunta más.
Se asomó a la oficina indicada y armándose del mayor coraje y respeto posible, saludó y soltó una pregunta al pulcro señor que se parapetaba detrás de un vetusto escritorio:
-- Buen dÃa, señor... ¿usted es el Director?...
-- Si - contestó éste con aires de encumbrado y distinguido ejecutivo - ¿en qué puedo servirlo?
-- La señora del mostrador me dijo que usted maneja el dinero aquÃ... que tal vez me podrÃa ayudar con una moneda... no consigo trabajo, sabe... - dijo, abriendo las manos y mirando expectante para ver cual serÃa la respuesta.
-- Mirá, hermano, es verdad que yo manejo el dinero de esta repartición, pero... ¿qué pasa?... todo está perfectamente contabilizado, si yo hago una donación tengo que justificar plenamente el egreso para que todo funcione con la transparencia que corresponde a esta determinada circunstancia... asà que lamento no poder ayudarte; entenderás como son de estrictas las normas que regulan todo nuestro inmaculado accionar... buenos dÃas... -
-- Buenos dÃas... gracias igual, disculpe que lo haya molestado - dijo muy bajito, mientras se retiraba sin haber entendido ni la mitad de lo que el funcionario le habÃa dicho; mas el mensaje le habÃa llegado muy bien: "No recibÃa ayuda porque no se podÃa justificar el gasto, dentro de un marco de total transparencia en el manejo de los fondos públicos".
Se alegró porque habÃa comprendido perfectamente; recordó que siempre habÃa rehusado entrar en una dependencia oficial, y se dijo a si mismo: "Que tonto he sido, pensar que allà hay personas tan responsables, tan respetables, que se lamentan de no poder ayudarme porque la honestidad que los caracteriza, no les permite utilizar fondos que son públicos, ni siquiera para una mÃsera dádiva".
-- Me alegro de haber estado allÃ... - murmuró -- ¡a pesar de qué he salido con las manos vacÃas!
Julio Jorge Faraoni
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18 05, 2010
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