El honesto funcionario

Saladillo, Noticias de nuestra ciudad

Año:
4
Edición N°:
1183
lunes
21.may 2012
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El honesto funcionario

faraoniSiempre andaba caminando por el centro de la ciudad recorriendo los comercios y mangando algo para comer; los que lo conocían a veces le guardaban algo que les había sobrado pensando que invariablemente en algún momento del día pasaría pidiendo, mendigando.


Era una especie de pordiosero que había tomado esa forma de vivir desde que falleciera su madre a la que había cuidado hasta el final de su vida, arreglándoselas con la pensión que ella cobraba, desde que muriera su viejo; muerta la madre, se esfumó la pensión que lo sostenía.
No era muy lúcido, no era presentable y su aspecto general era bastante deplorable; por estas razones le era casi imposible conseguir empleo, salvo alguna changa de vez en cuando, muy a las perdidas.
Mangaba una moneda o algo de comer, en los negocios, en las casas, a la gente por la calle, nunca se metía en oficinas públicas ni en los bancos; si le daban algo para comer, sea lo que sea se lo comía; si le daban alguna moneda las iba juntando para comprarse algo el día que no conseguía de comer; cuando no conseguía ni una cosa ni la otra se acercaba al comedor para indigentes, que las hermanitas del convento tenían montado para paliar el hambre de estos parias de la humanidad, que lamentablemente o afortunadamente... también son seres humanos.
Ese día había salido temprano, era casi el mediodía y aún no le habían dado nada, ni siquiera una moneda de cinco centavos.
Sin preocuparse demasiado salió de la arteria comercial principal tomando por una lateral, también con muchos negocios; caminó unos treinta metros e ingresó en un pequeño barcito con mesas en el interior y en la vereda, se acercó al mostrador y lanzó su pequeño cantito manguero al encargado que allí se encontraba:
-- Diga... disculpe... tiene algo que le sobre por ahí...
-- Mirá, allí en aquella mesa del fondo quedaron dos medias lunas... comételas con este café... - le dijo el responsable de la cafetería, mientras le servía uno, en un vaso doble de plástico.
-- Gracias... muchas gracias... - exclamó; respetuosamente se sentó en la mesa indicada y cuidadosamente comenzó a desayunar, a la hora prácticamente del almuerzo.
A metros de allí, en una repartición pública, el más alto funcionario de la misma platicaba alegremente con dos de sus colaboradores, que por el aspecto que tenían se notaba desde lejos que eran acomodados que estaban a disposición para lo que fuera en los requerimientos de su superior.

Más allá en otras dependencias, otros empleados, cumplían tareas rutinarias como ser: atención al público, asesoramiento, programación, información, docencia, todos tomándose sus prolongados y debidos tiempos, y sin evidenciar la más mínima preocupación e interés por lo que estaban desarrollando.

Este funcionario tenía una interesante remuneración en ese lugar, más algunos pellizcones a la partida anual asignada a su área de responsabilidad; además había colocado a parientes y amigos en el sector a su cargo, que eran poco menos que ñoquis, y para colmo muy lejos de tener la idoneidad que se requería en los puestos cubiertos; hasta su consorte detentaba cargos profesionales sin poseer título habilitante, y lo peor o lo mejor de todo, según de que vereda se mire, todos se adosaban sobretiempos inexistentes que abultaban cómodamente sus haberes mensuales.

Dicho ejecutivo hacía la vista gorda en ese entorno totalmente a su favor, porque como ejercía al mismo tiempo otro cargo en otro lugar, sus adláteres lo cubrían de todo riesgo durante sus prolongadas ausencias, que le reportaban una doble entrada económica; ahora bien, aquellos empleados con cargo o no, que no caían en ese infame y cerrado grupo, sin remedio sufrían las consecuencias.
Terminó el café, las medialunas, agradeció nuevamente y con sus medidos pasos salió a la vereda; caminó por ella mientras pensaba:
"Qué buenas son algunas personas... este hombre me dejó comer las medialunas, me dio café, me permitió sentarme en su mesa... ¿por qué no todos son iguales... si a todos los hizo Dios?... ¿por qué unos son tan buenos... y otros no son así?... ¡qué cosa, no!... ¿por qué tendrá que ser de esta manera la vida?..."

Estaba tan ensimismado en sus simples pensamientos que no advirtió que la línea de la vereda había comenzado a torcer su ruta hacia adentro y cuando se dio cuenta se encontró en la entrada de un edificio; pensó que era un lugar público y se aterró; pero no tenía aspecto de repartición oficial, entonces se calmó y siguió adelante.

Al final de un corto pasillo vio un mostrador y detrás de él una señora que leía tranquilamente el matutino; volvió a asaltarlo la idea de que podía ser una repartición oficial, pero a lo mejor era la recepción de una clínica o algo así, y como ya estaba casi frente a la dama, humildemente le preguntó:
-- Oiga, doña... no tendrían algo para darme... algo para comer...
Ella lo miró de arriba a abajo sin soltar el diario y le dijo:
-- No, querido... aquí no damos de comer... - y continuó con su lectura.
-- Perdón... aunque sea una moneda... para comprarme algo... - dijo él insistente.
-- No, viejo... aquí la plata la maneja el Director... pedile a él, por ahí te tira algo... está en la oficina de adelante... - y se metió el diario hasta la nariz como no aceptando responder a ninguna pregunta más.
Se asomó a la oficina indicada y armándose del mayor coraje y respeto posible, saludó y soltó una pregunta al pulcro señor que se parapetaba detrás de un vetusto escritorio:
-- Buen día, señor... ¿usted es el Director?...
-- Si - contestó éste con aires de encumbrado y distinguido ejecutivo - ¿en qué puedo servirlo?
-- La señora del mostrador me dijo que usted maneja el dinero aquí... que tal vez me podría ayudar con una moneda... no consigo trabajo, sabe... - dijo, abriendo las manos y mirando expectante para ver cual sería la respuesta.
-- Mirá, hermano, es verdad que yo manejo el dinero de esta repartición, pero... ¿qué pasa?... todo está perfectamente contabilizado, si yo hago una donación tengo que justificar plenamente el egreso para que todo funcione con la transparencia que corresponde a esta determinada circunstancia... así que lamento no poder ayudarte; entenderás como son de estrictas las normas que regulan todo nuestro inmaculado accionar... buenos días... -

-- Buenos días... gracias igual, disculpe que lo haya molestado - dijo muy bajito, mientras se retiraba sin haber entendido ni la mitad de lo que el funcionario le había dicho; mas el mensaje le había llegado muy bien: "No recibía ayuda porque no se podía justificar el gasto, dentro de un marco de total transparencia en el manejo de los fondos públicos".

Se alegró porque había comprendido perfectamente; recordó que siempre había rehusado entrar en una dependencia oficial, y se dijo a si mismo: "Que tonto he sido, pensar que allí hay personas tan responsables, tan respetables, que se lamentan de no poder ayudarme porque la honestidad que los caracteriza, no les permite utilizar fondos que son públicos, ni siquiera para una mísera dádiva".
-- Me alegro de haber estado allí... - murmuró -- ¡a pesar de qué he salido con las manos vacías!

Julio Jorge Faraoni


feed2 Comentarios
irene zarza
18 05, 2010
Votos: +1

Sr Faraoni: soy asidua lectora de sus obras porque para mi es admirable lo que escribe; el presente cuento es, muchas veces una realidad que lamentablemente existe, miramos nuestros bolsillos y no se ayuda al necesitado como debiera hacerse, es una opinion personal que coincide con la esencia de su cuento.
Agradezco a la revista A.B.C. Saladillo por publicar este humilde comentario. Un cordial saludo...Irene.-

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JULIO JORGE FARAONI
17 05, 2010
Votos: +1

Sr. Director de ABC SALADILLO

Una vez más debo agradecerle profundamente la publicación de uno de mis cuentos, en este caso extraído de una relalidad que es muy lamentable, por lo menos en algunos distritos... con el sincero y cordial afecto de siempre, lo saludo atentamente.

Julio Jorge Faraoni

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