-Buen día, don Ignacio- le dicen los repartidores que están entregando productos lácteos en el mercadito.
-Hola, muchachos... ¿cómo anda la cosa?
-Como siempre, don Ignacio- le contestan sin detenerse en la tarea que están desarrollando.
-Y usted... ¿cómo anda?- le preguntan.
-Bien... bien... como siempre... viviendo...
Al doblar la esquina y ya sobre la calle principal, se acerca al quiosco de venta de diarios y revistas, y dirigiéndose al encargado, le dice:
-Buen día, Carlitos... ¿tenemos buenas noticias hoy?
El diariero le responde por lo bajo, casi secretamente:
-Vea, que nadie nos escuche... de bueno muy poco... casi nada, denuncias, estafas, corrupción, crímenes...
-El mundo de ahora es increíble– dice don Ignacio, y como consolándose a sí mismo agrega:
-Si... si... ahora no es como antes...
-Hay algunas noticias de política- le comenta Carlitos, mientras adivina cual va a ser la respuesta:
-¡Mirá, de política ni me hables...!
Siguiendo una rutina preestablecida, con pasos lentos, medidos, comienza a recorrer el trazado de la arteria principal.
De pronto advierte que un pequeño de aproximadamente unos diez u once años, vestido con ropas livianas, zapatillas raídas y rodillas sucias, se acerca a los transeúntes, solicitándoles una moneda.
Cuando se acerca a él, el niño le dice:
-Señor, por favor ¿no le sobra una monedita?
-Y... ¿para qué querés las moneditas?- pregunta don Ignacio, y sin esperar la respuesta saca una de diez centavos que deposita en el hueco de la pequeña mano, que se alza extendida hacia él, y agrega:
-Seguro que luego te las gastas en golosinas... o figuritas... o en esas revistas de aventuras con superhéroes modernos.
En ese instante su mirada se cruza con la del niño y lo deja impresionado el brillo sobrenatural de sus pequeños ojos negros.
A partir de ese momento se propone mantener en observación, disimuladamente, el accionar del chico, para tratar de averiguar el destino que le da al dinero recaudado.
Luego de cierto tiempo, se da cuenta que el menor ha dejado de pedir y se encamina resueltamente hacia un lugar, que según sus sospechas será un quiosco, una juguetería o un puesto de revistas, o lo que sería peor a entregar el dinero a quien lo induce a mendigar.
Asombrado ve como se introduce en la pajarería de la otra cuadra; entra detrás del niño simulando interesarse por las distintas clases de pajaritos que allí se venden, así como también una variedad de otros animalitos mascotas tales como perros, gatos, tortugas, conejos, monitos, mientras escucha que el vendedor detrás del mostrador pregunta:
-¿Qué querés, nene?
-¿Cuánto vale un jilguero?
-Los jilgueros... tres pesos.
El chico saca su mano del bolsillo del pantalón y deposita un puñado de monedas sobre el mostrador.
El vendedor las cuenta rápidamente y le dice:
-Está bien, justo tres pesos... ¿cuál querés llevar?
El pequeño se da vuelta, mira hacia las jaulas y señalando hacia ellas con el brazo levantado y el dedo índice extendido, responde:
-¡Ese! ... el más chiquito... el que está sangrando en el pico... de tanto golpearse contra los barrotes...
El vendedor toma un sobre de papel, atrapa al pajarito indicado, lo coloca dentro y se lo entrega.
Don Ignacio, que a esta altura se encontraba cerca de la puerta, sale detrás del menor y una vez más se sorprende con lo que ahora está viendo; junto al cordón de la acera, el chico alza el sobre casi por encima de su cabeza con una mano y con la otra lo abre pausadamente como efectuando una extraña ceremonia ritual; el jilguerito desaparece de la vista de ambos en un instante, en un vuelo nervioso y raudo por el aire de la radiante mañana.
Entonces, visiblemente emocionado, don Ignacio, se para frente al menor y le pregunta:
-Dime ¿por qué haces esto, niño?
El chico, clavándole la mirada con ese brillo casi sobrenatural de sus pequeños ojos negros y con voz firme y serena, contesta:
-Porque los pájaros nacieron libres, señor... y deben seguir siendo libres... como es libre el sol, la luna, las estrellas... como son libres las brisas y el viento... porque los pájaros son la alegría de Dios, y si están encerrados Nuestro Señor se pone muy triste... ¿no tiene otra monedita que le sobre, señor?... ¡tengo que volver a juntar otros tres pesos!
JULIO JORGE FARAONI
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11 10, 2010
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