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ditorial ABC Saladillo. Apenas dÃas atrás el paÃs se inmiscuyó en lo que se convirtió indudablemente en un hecho de tinte progresista e histórico. Un paso más, importantÃsimo, en la apertura, la igualdad de oportunidades, en la inevitable tarea social de salir del placard y asumir, sin pena ni gloria, que lo que es, es.
El matrimonio igualitario no es más que la aceptación de una realidad. De que, como en todos los lares y los tiempos, hay putos y tortas, que algunos de ellos se aman y quieren casarse, y de que no hay dogma, prejuicio, creencia, religión, intenciones conservadoras ni reaccionarias, que puedan primar para que en un paÃs se legisle con justicia y el valor de la igualdad.
Por estas horas, la ciudad vivencia un hecho que a cualquier alma sensible moviliza, y que más allá de las opiniones particulares, habrá tantas como personas haya, obliga a detenerse y pensar.
Olvidando todas las circunstancias que hacen del caso un puterÃo de pueblo, y teniendo los recaudos para hablar de una causa de la que poco se sabe, y evitando herir susceptibilidades, me refiero a la muerte de Adriana Bastón.
Tengamos por supuesto para el análisis, y librémoslo de amarillismo y detalle barato, que, como trascendió, una persona podrÃa haber muerto por un aborto. No más, suficiente. Ante el vacÃo de información oficial, cada vecino hizo su propia reconstrucción del hecho, que, como no viene al caso obviaremos, para destacar, nuevamente y sin más, que hay una persona muerta.
Se viene a la mente, inevitablemente, pensar en la responsabilidad de las instituciones estatales en este tema. ¿Cuál es la polÃtica de la policÃa? ¿Cuál la del Gobierno en todos sus estamentos, pero sobre todo el local? ¿Cuál la nuestra, la de todos los ciudadanos? Evitando la generalización, que poco aporta, creo que hacernos los boludos.
Dejemos la discusión coyuntural, aunque no lo es tanto, y abordemos el debate serio y pendiente, más de fondo. Tal como sucedÃa con la discusión en torno al matrimonio igualitario, ocurre con el aborto una primera confusión. Como si no legalizarlo garantizara que no existiese.
No importa. Nos olvidamos de que hay mucho profesional y de los otros por ahÃ, que en cada punto de este mapa lucra ejerciendo abortos de manera no sólo clandestina, sino insegura, sin brindar las mÃnimas garantÃas ni cuidados sanitarios.
No importa. Intentamos invisibilizar los casi 600 mil abortos inseguros que se hacen por año, (datos del Ministerio de Salud de Nación), y que luego de ellos unas 80 mil mujeres son hospitalizadas, y que el 25% de muerte materna se da por abortos inseguros.
No importa, porque asà se ve menos, y duele menos a la moral conservadora y reaccionaria. Porque de esos muertos, mucha institución a la cual la verborragia caracteriza para medir con la vara de su moral a sus adeptos y quienes no lo son, no dice nada. Y que, dicho sea de paso, su moral no resiste el menor análisis.
Vislumbro un segundo error de concepción. Si se legaliza todo el mundo va a hacerlo. Escalofriante. Como si someterse a una intervención de esas caracterÃsticas fuera un touch an go. Claramente la legalización deberá venir con una polÃtica educativa y una reglamentación que le den seriedad y sustento.
Pero no hay ya por dónde se escape la rata, no queda otra que hacerse cargo de lo que hay y lo que somos. Tal como en el caso anterior, con el abismo que los diferencia, no se puede seguir evaluando una problemática de salud y seguridad con argumentos desde la ética, trasciende ampliamente ese campo.
Habrá quienes entiendan que el aborto es matar, otros que comprendan que se llega a él por una situación lÃmite. Serán esos quienes entiendan que lamentablemente no todos accedemos a un sistema educativo que nos brinde la misma información para poder decidir. Serán esos también los que interpreten que la moral propia no puede legislar al vecino. Quienes comprendan que cada uno debe poder ser juez suyo, y sólo suyo.
Por Paola Lemme
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24 07, 2010
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